#VocesViaX La maldición de conocer a un ídolo


Soy de la generación que en la edad de la conquista y la complicación, es decir en la primera, segunda y casi tercera adolescencia, no tuvo redes sociales. El chat de Messenger vino a aparecer muy tarde en mi vida, y como mi ignorancia digital era tan escandalosa, pensaba que todo lo que hablaba en esa conversación, era vista por todo el mundo. Ya, inventé el muro de Facebook, y no me había dado cuenta. El hecho es que la vida sin redes sociales era difícil, en cuanto a conquista, seducción y acoso. Había que juntar mucha valentía para llamar al teléfono fijo de la casa y sabía que debías arriesgarte: desde aguantar que te contestara el papá del que te gustaba, la hermana, o que el susodicho no estuviera, y le dejaras un mensaje que nunca tenías la certeza de si sería recibido. Vivíamos con toda la adrenalina de no saber nada, si se puede decir de alguna forma. Uno llamaba y cortaba para saber si el otro estaba en la casa. A veces contestaban las mamás y te gritoneaban o pensaban que era joteo al padre de la casa. En fin. Ser sicópata era mucho más complicado. No había redes sociales donde buscar información, ni posteos, ni amistades en línea. Pasé el 80 por ciento de mi tiempo tratando de establecer conexiones entre la gente, para saber dónde cresta era que iban todos y se conocían. Si tan sólo Facebook hubiese llegado a mi vida en los locos 90.  

Vivíamos sin muchas certezas comunicacionales. Uno quedaba en juntarse y de alguna forma, a la antigua, se lograba, porque no había “Compartir Ubicación” ni mensajes apurones cada cinco segundos, preguntando dónde estás. Y también, en esa época de desconexiones, encontrar a quienes compartieran tus intereses y gustos no era tan fácil como meterse a un foro de Internet y pelar o divagar. Por eso, tal vez, es que todo se veía más lejano, y a la vez, más cercano. Me estoy dando todas estas vueltas para explicar mi gran amor platónico por Ray Loriga. Porque el año 93, cuando apareció “Héroes” en mi vida, su segundo libro, sentí la necesidad de loquear en un grado mayor, y conocerlo. No sé qué fue. No recuerdo qué frase, ni el momento, pero sé que ese pobre libro fue releído hasta el cansancio, y se convirtió, de alguna forma, en un filtro. Si entiendes el libro y te gusta, podemos ser amigos. Si no, chao. La arrogancia propia de tener pocos años y muchas certezas me tenían así. Ray Loriga se convirtió, durante un par de años, en la vara con la que medía a los hombres. Un escritor rockero, con una forma de escribir que me enredaba y me derretía. De repente me encontré tratando de escribir, para estar más cerca del autor de “Tokio Ya No Nos Quiere”. Así es el amor: absurdo, y aún más, cuando es un amor platónico. No llegué al extremo de tatuarme una de sus frases, pero sí me sé varias de memoria.

Pasaron los años, crecí -al menos gané años, porque madurez, no tengo mucha- y Ray Loriga siguió en mis estantes. Me acompañó en mi primera casa de independiente, en Amapolas, la que compartía con mi mejor amiga, y donde sobrevivíamos de piscolas y pan con mantequilla. Se fue conmigo en mis aventuras de convivencia amorosa, y cuando las cosas no funcionaban, lo rescaté, porque una vez trataron de dejarlo de rehén, como si él tuviera la culpa de mis errores y confusiones. Negocié de muy mala forma -con malas armas, dirían algunos- y logré que pudiera volver a ser parte de mis indispensables, en la repisa junto a mi cama.

Algo pasó. No sé qué fue. Tuve hijas, escribí, dejé de escribir, me dediqué a la radio… lo olvidé. ¿Superé a mi amor platónico? No sé. Un día, me enteré que estaba en Santiago, y paf, de golpe y porrazo, al año 93. Pregunté dónde iba a estar, pensaba ponerme en la fila, llevar uno de sus libros, y salir con su firma. Hasta que supe que venía al canal. ¿Y ahora, qué hago? ¿Le digo que por su culpa hubo varios tildados de pernos en mi vida, porque les faltaba actitud, oscuridad, palabra? Hay cosas que a cierta edad, no se ven bien. Llegué a mi casa, busqué sus libros, y me llevé la triste sorpresa de no encontrarlos. ¿Se fugaron? ¿Los regalé? ¿Los olvidé?
El martes, a eso de las 3 de la tarde, vi en persona a uno de mis ídolos. A uno de mis amores platónicos. Y fue muy extraño. Siempre lo imaginé alto, grande, invencible. Los años también le pasaron por encima. Sigue siendo el gato más guapo del callejón. Sabe lo que genera. Pero en el momento en que me puse a su lado para la foto de groupie, me quedó claro. ETAPA CERRADA. Adiós a mi adolescencia. Lo vi, de cerca, lo olí, porque estoy loca, y me despedí de esa fantasía. Es un ser humano. Se ve mejor con lentes de sol que sin ellos. Y su nueva novela, “Rendición”, está sobre mi velador, autografiada. No me atrevo a abrirla. ¿Y si no me gusta? ¿Quiere decir que una de las piedras fundamentales de mis gustos y creencias ya no va a estar?

Conocer a un ídolo, es algo que preferiría haber evitado, pienso hoy. Aunque la foto que tengo en mis redes sociales, deja en evidencia que ese momento, lo disfruté. Como si fuera el 93. 

 

#VocesViaX La maldición de conocer a un ídolo

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Claudia Aldana
Claudia Aldana
Inquieta por opción, periodista por oficio. En general, una persona bien hinchapelotas.